"Todo se reduce a la esperanza" Daisaku Ikeda

viernes, junio 02, 2017

Reseña de La hija, María Ángeles Pérez López

La hija La quimera del desvelo y del despojo: La hija por María Ángeles Pérez López (Nayagua nº24) Álvaro Mutis se refirió a los hospitales como espacios de encuentro con la verdad: “Esa calurosa solidaridad humana que se encuentra en las cárceles, en los hospitales y demás sitios de dolor, bien valen tanta hora negra que aquí se vive. Hay una tremenda y definitiva verdad en todo esto”, escribió el gran autor colombiano en una entrevista con Elena Poniatowska a propósito de su Reseña de los Hospitales de Ultramar (1955). Tal vez la palabra que más trasluzca un poemario que se vuelve imprescindible es la palabra verdad. Hay en La hija de María García Zambrano (Elda, 1973) una indagación inquisitiva sobre la verdad aséptica y despiadada que respiran los hospitales. A partir de dos epígrafes iniciales de Nichiren Daishonin y de Hélène Cixous, el libro se abre con un poema sin título, a modo de poética, cuyo primer verso nos sitúa en la atmósfera opresiva y angustiada en que va a irse desenvolviendo: “Soy la dulce letanía de los niños muertos en este hospital”. Dividido en cuatro partes –“El deseo”, “El dolor”, “Daños colaterales” y “El amor”–, sin embargo va conduciendo sus horas negras hacia la desembocadura que es el amor, porque la última parte da sentido a todas las demás, ofrece un modo final de epifanía. Tras el poema-pórtico, una cita inicial de Raúl Zurita nombra el dolor cayendo sobre las costas de su país como una costra supurada sobre las playas, del mismo modo que sobre las cajitas de cristal de los neonatos supura el miedo su costra transparente. A partir de ese momento, el poema “Preludio” comienza el libro. El primer endecasílabo marca la respiración valiente que va a ir acompañándolo: “La madre se atavía de coraza”. Sin que domine una matriz isosilábica, pues los poemas van abriéndose en versos largos (“Clausura los resquicios por donde salta un cuerpo a desaparecer”) y concentrándose en mínimas unidades versales (“Y canta”), el libro establece su carácter sacral como oración que confía en la fortaleza del lenguaje; por ello, tras la cita de Zurita, “Preludio” se cierra con la siguiente estrofa: “Sentir que es en el mar en donde cae/ y él podrá curarla con su infinito/ podrá sanar a la hija, traerla/ envuelta en olas, espuma, y vida.” De ahí que el poema “La escritura” pida ser la forma que asume ese deseo, “la lógica extensión de la desdicha”. Los poemas, titulados a menudo con un solo sustantivo, van a ir hundiendo sus pies en lo real. Como en la cita de Juan Gelman atribuida a José Galván en Relaciones (1973), las palabras se hunden en la realidad hasta hacerlas delirar como ella. En esa atmósfera enfebrecida y sin embargo, rabiosamente precisa, escribe García Zambrano. Así, “El deseo”, y especialmente “El dolor” y “Daños colaterales”, van trazando un recorrido de angustia. La segunda parte, titulada de modo sencillo y contundente (“El dolor”) se presenta como un bolo alimenticio que superara el tamaño del estómago, aquel elefante devorado por la serpiente en El principito de Saint-Exupéry: es su ilegibilidad, su insoportable presencia lo que sobrecoge. Dos citas iniciales, de Juana Castro y de quien suscribe estas palabras, colocan el lenguaje en la exacta órbita del dolor, con sus días y noches imposibles de distinguirse. A partir de ahí, los poemas “El quirófano”, “El miedo”, “La tristeza”, “El hospital”, conforman los referentes externos de aquella realidad en la que se hunden las palabras. De su temblor, de su alucinación enfebrecida, surge la certeza: “LA HIJA VIVIRÁ”. Como quien se dice a sí mismo en mayúsculas aquello que necesita ser poderosamente ratificado, como quien repite a modo de mantra la más sencilla y exhausta enunciación afirmativa, así el poemario apuesta por las marcas tipográficas que dan intensidad a la palabra. Sin embargo, el libro no es el relato de una enfermedad sino una declaración total de amor: ese amor sin condiciones que explica la plenitud (y la precariedad) de lo humano, el vínculo que construye comunidades solidísimas que se sostienen en el hilo invisible que ata a los neonatos con el pecho doliente del lenguaje y por el que manan gotas de palabras también, a su modo, nutricias. Frente a los fundamentos gnoseológicos de la filosofía, frente al debate entre esencia y existencia, en la poesía se hace presente la existencia con su verdad radical e insustituible. Frente a los verbos condicionales, frente a las cláusulas de tantos pactos en la vida, frente a los matices o los talvezquiensabe, en este libro la entrega es total porque el amor es total. El empleo de recursos como las mayúsculas, con su inmediatez gráfica, en poemas como “El amor”, así lo recuerdan, y numerosas repeticiones (anáforas, paralelismos sintácticos, etc.) ahondan en esa línea. Por tanto, no es la experiencia del hospital la que hace grande el libro, sino haber buceado sin condiciones, sin concesiones, en esa zona abismática de dolor axial. Es haber escrito “con despojos”, sabiéndose ocupada por todas las otras madres que también se es y apostando por el gesto de la sutura, que convoca a través de la rima interna las palabras arquitectura y sepultura para nombrar “El hospital”, y que luego se nombra también como “hendidura amargura negrura”. Es, pues, haber ido más allá y más hondo del dolor para preguntarse, en “La paradoja”: "¿Podrá la aguja no atravesar su vida / quedarse en la superficie / que la carne la expulse / que rechace a la aguja penetrándola? / ¿Podrá la aguja dejar de ser aguja?" Solo en el espacio del poema, la aguja puede abandonar su condición punzante y dolorosa para ser derrotada por la carne (la vida, el cuerpo, el nido), mientras los cuervos abren su tajo y las enfermeras limpian “la escama de pez agonizante”. Hay en el libro espanto pero también reciedumbre. Nacemos y nadie nos enseña “a rumiar el dolor”; sin embargo, su pasta amarga recorre las cavidades de la boca y le hacemos frente porque desconocemos nuestro propio límite. Hacia ese límite camina este libro. Hacia su expiación en forma de poema. Hacia la locura que es también otro límite, como en el poema igualmente titulado: “Matar al escorpió / (huérfano el animal que criará la muerte / hincar en él tu porfía / el ahínco / toda la luz que puedas darle”. Hacia ese espacio de resistencia que es la vida frente a la especialista, la burócrata, la limpiadora, aquellas que desconocen el modo en el que se dice la pavura, la desesperación. Escrito en diálogo con muchos otros textos (son numerosos los epígrafes utilizados –de Ana Pérez Cañamares en el poema “El deseo”, de Alejandra Pizarnik en “El miedo” y “La pregunta”, de Albert Camus en “El juego de los otros”, de David Eloy Rodríguez en “La plenitud”–), La hija explora uno de los no-lugares que estableció Marc Augé para convertirlo en lugar: el hospital deja de ser un lugar de paso, una zona enigmática y efímera que se caracteriza por su condición ahistórica e impersonal para volverse, a través de la experiencia total del amor vuelto lenguaje, palimpsesto “donde se reinscribe sin cesar el juego intrincado de la identidad y de la relación”, en palabras de Augé. Es en ese espacio que aspira a su plenitud, a su sentido, a su vocación conformadora, donde la poesía se juega por completo. Con intensidad extrema escribió Eugenio Montejo (Caracas 1938-Valencia 2008) sobre el nacimiento de su hijo prematuro en el libro Adiós al siglo xx (1997). Escribir con despojos fue la tarea de Juana Castro (Villanueva de Córdoba, 1945) en Del dolor y las alas (1982), de María Auxiliadora Álvarez (Caracas, 1956) en Cuerpo (1985) y de Isla Correyero (Cáceres, 1957) en Diario de una enfermera (1996). Se escribe aquí con la leche huérfana de la hija, con aquella que solo puede alimentarla a través de una sonda nasogástrica (porque no hay en la neonata condiciones adecuadas para alimentarse por sí misma), y que cae dentro del cuerpo como cae dentro de la página, vocal a vocal. La asistencia mecánica es la que permite, convirtiendo a la madre en cyborg, apelar a lo natural en su frontera dolorosísima con lo anti-natural, con la desoladora robotización de la sensibilidad extrema que sin embargo salva la vida al convertirla en lenguaje, pues es en el poema donde el amor puede cobrar presencia, donde la hija es providencia y des-aprender, donde es niña pájaro y resulta posible curar la boca “de pequeños guijarros”. Publicado por El sastre de Apollinaire, que conduce el poeta Agustín Sánchez Antequera, La hija es el tercer libro de la autora –tras El sentido de este viaje (Aguaclara, 2007) y Menos miedo (Premio Carmen Conde, Torremozas, 2012)– y forma el número 7 de un hermoso proyecto editorial que cuenta con títulos anteriores de Fernando Nombela, José Kozer o Luis Luna. Se trata de libros en papel sostenible cuyo lenguaje nos hace soñar con una humanidad sostenible, porque en La hija de María García Zambrano se festeja la posibilidad de la sutura y la palabra.

viernes, diciembre 04, 2015

La hija en la Tribu de Frida

La hija seleccionada como uno de los mejores libros de poesía escritos por mujeres en 2015. GRACIAS

http://latribudefrida.com/poesia/mujeres-que-escriben-poesia-maneras-de-estar-sola/


martes, noviembre 17, 2015

La hija en Babelia

http://cultura.elpais.com/cultura/2015/11/13/babelia/1447419402_815541.html

Poesía de hospital

El tercer libro de María García Zambrano es un poemario escrito a partir del nacimiento, difícil y con secuelas, de una hija



 16 NOV 2015 - 14:06 CET

Todo libro de poemas es un artificio de lenguaje que, a veces, irrumpe, más que como una necesidad estética, como consecuencia de una dura experiencia personal, como una necesidad vital, casi de supervivencia. Esa impresión le produce al lector el tercer libro de María García Zambrano (Madrid, 1973), un poemario escrito a partir del nacimiento, difícil y con secuelas, de una hija y que nos sitúa ante la vivencia del límite. La respiración del hospital, la maternidad asustada, el desvalimiento de la recién nacida, a merced de la ciencia y de los médicos, la confrontación entre la burbuja aséptica de la clínica y la calle, las grietas del futuro y la mezcla de esperanza y deses­peranza con que es contemplada cristalizan en poemas de palabra despojada, en los que de vez en cuando asoma la metáfora eficaz, seca, el verso entrecortado y agónico, la delicadeza.
El libro tiene pocos parentescos con nuestra poesía (quizá Joana, de Joan Margarit), aunque sí conecta con cierta tradición de la norteamericana, basada en una escritura de corte emocional. Pienso en Elegy, de Mary Jo Bang; en Whitout, de Donald Hall; en El padre,de Sharon Olds. La hija evoluciona desde el centro del dolor hacia los alrededores, va del abismo hacia la luz agrietada en la que, pese a todo, la vida florece. Es un canto agónico que busca (y encuentra) la esperanza: “Difícil / pero amas su luz / lo transparente / a pesar de los otros / la víbora / el hambre / a pesar del destino / que muere a carcajadas”.

sábado, septiembre 26, 2015

Reseña de Alberto García-Teresa de La hija

 http://www.larepublicacultural.es/article10509.html


La hija, de María García Zambrano
Verso diáfano con capacidad para la resonancia

Alberto García-Teresa – La República Cultural.es

La grave enfermedad de la hija es el motivo que condiciona todos los textos del tercer poemario de María García Zambrano. La proclamación del dolor y también de la esperanza compone sus piezas, en las que principios taoístas orienta cómo encarar el sufrimiento y las circunstancias adversas, y que concluyen con una proclamación incondicional de amor.
Se profundizan, de esta manera, los ejes de superación que, en otras coordenadas, vertebraban su Menos miedo. Así, las páginas de La hija revelan una afirmación de fortaleza, de resistencia para no claudicar a la autocomplacencia ni a la desolación. Sin entrar en detalles (la autora es hábil al hablar de "la madre" en tercera persona en muchas ocasiones), sabe desligar el texto del retrato biográfico, lo que dota de mayor fuerza y alcance su poesía.
María García Zambrano, frente a anteriores trabajos, compone un libro de poesía como herramienta lírica para comunicar y renombrar su interior. El volumen posee una estructura bien marcada, que permite también un recorrido cronológico emocional de esa vivencia de la maternidad (“El deseo”, “El dolor” hasta “El amor”). Continúa con su registro de dicción clara donde sobresale la abundancia de apuntes surreales, que se incrementan en esta obra y que subrayan la expresividad de las piezas. De esta manera, García Zambrano consigue un buen poemario de verso diáfano pero con capacidad para la resonancia.

viernes, agosto 07, 2015

La hija en La Galla Ciencia, por Alberto Chessa

http://www.lagallaciencia.com/search/label/MAR%C3%8DA%20GARC%C3%8DA%20ZAMBRANO

LA HIJA, de MARÍA GARCÍA ZAMBRANO (por ALBERTO CHESSA).


TRANSFORMAR EL VENENO EN UNA MEDICINA






La hija                    
María García Zambrano
                                   
El sastre de Apollinaire, 2015









Mejor en cursiva: transformar el veneno en una medicina. Así es como lo leemos (como un verso más) en el último libro de María García Zambrano (Elda, 1973). Y también así, con idéntico imperativo camuflado de forma no personal, lo encontramos en el Tratado sobre la gran perfección de la sabiduría, del filósofo mahayana Nagarjuna. No es posible llegar al tuétano de La hija si no asumimos, de principio a fin, que sus páginas vienen a ser una suerte de palimpsesto de aquel principio rector del budismo. En este sentido, la poeta hace todo lo posible para que nadie se llame a engaño: junto a la cita de Hélène Cixous, estandarte de un cierto feminismo (¿por qué no femineidad?) militante, desde el mismo umbral nos recibe también un epígrafe atribuido al monje japonés del siglo XIII Nichiren Daishonin: «Sufra lo que tenga que sufrir; goce lo que tenga que gozar. Considere el sufrimiento y la alegría como hechos de la vida y continúe».


La hija es, pues, un libro que anuncia una honrada aceptación del dolor. Como capítulos de una novela decimonónica, la abrumadora mayoría de las 44 composiciones lucen por título un vocablo precedido de su correspondiente artículo: «El deseo», «La paradoja», «El porvenir»... Y es que algo de novela hay en esta crónica en verso de un nuevo ser que parece revolverse contra sí mismo («con un hilo que te ata a la vida») y obliga a que su progenitora se amoneste con lo más obvio: «la vida que le diste / para amarla / ¿RECUERDAS? / sin condiciones». García Zambrano ha decidido nombrar su obra como La hija, pero bien podría haber optado por la otra pieza del tablero donde solo hay dos piezas: la hija seguiría estando en cada sílaba. «Todas las madres que soy debíamos hablar», leemos. Y es que una madre no solo es una mujer habitada durante la preñez, sino que siempre ha de hacer sitio a todas las mujeres que lidian entre sí para encontrar la horma de la procreación. La Ofelia shakespeariana lo dice mejor: «Sabemos lo que somos ahora, pero no lo que podemos ser».

El lector de este volumen se previene ya desde el primer verso («Soy la dulce letanía de los niños muertos en este hospital») de que acabará pidiendo árnica. Estamos ante una poesía de los límites, el primero de todos -y también el más acuciante- el del propio lenguaje, que aquí tantas veces se confunde con el balbuceo, la síncopa conceptual, el entredicho. El signo es arbitrario, lo sabemos; el dolor, no: «los verbos abandonan su orgánica firmeza / tan sólo signos marcando el límite / este dolor». En otro lugar, confiesa la poeta: «Juego a palabras / (hendidura amargura negrura)». Pero es lícito preguntarse, preguntarnos: ¿quién juega -¿y a qué?- con quién? Desde el mismo instante en que García Zambrano afirma andar buscando «un lenguaje que se encarne», sabemos que esa búsqueda forma parte del juego anterior, es decir: que aquí gato puede significar ratón, y ratón ser la palabra más virgen que hayan pronunciado labios algunos. El discurso entendido como ilación lógica se desmembra en partículas re-semantizadas, como una colisión de átomos que, a la postre, transmite mejor el todo del que parte, el interior hecho apariencia, carne, verbo. Tal vez por eso en ningún sitio pegamos tanto la nariz a los cristales (nos asomamos al exterior) como en un hospital, da lo mismo que el paisaje sea de lo más vulgar: «una ventana que da a los aparcamientos».

¿Poesía de estirpe simbolista? Sí, claro. Pero aquí no se trata de traducir a lenguaje cifrado -ni a una algo gastada imaginería jeroglífica- las constantes vitales de un alumbramiento que tiene mucho de iluminación (eso que, hace 2.500 años, Buda Gautama delineó como «un estado de ver perfectamente la naturaleza de las cosas»), sino de escarbar cuánto de milagroso hay en ese pulso con la vida. ¿Puede haber algo más simbólicoque nacer «dos veces», como apunta la poeta al final de los «Agradecimientos»? No se trata, por tanto, de olisquear correspondencias en clave alegórica para todos esos elementos (rosa, mar, tierra, surco, árbol) que, desde su condición salvaje, contrapuntean el ciclo existencial que retrata La hija. La naturaleza actúa como alfabeto del dolor subjetivo y, a la vez, como su mejor consuelo (de manera extraordinaria, el mar funge como un esforzado taumaturgo). Por la heredad de estas páginas merodea también una poblada faunia: la loba, los cuervos, los caballos, los corderos, el pez más volador y, por supuesto, «La niña pájaro», que ya desde su mismo enunciado parece estar postulando para sí el renacimiento (mejor quereencarnación) que anhelan los budistas. No en vano, esta especie de prosopopeya actualizada nos remite a los apotegmas medievales que, a su vez, abrevaron en la tradición oriental de las fábulas morales y ejemplarizantes: lo que nuestro rey sabio convirtió en el Calila e Dimnano es otra cosa que la exégesis libre del Panchatantra atribuido al indio Vishnú Sharma. Solo algún desavisado puede creer de verdad que Occidente ha vivido siempre tan impermeable a otros acervos, como quisieran ciertos guardianes de endógamas esencias.

No es el caso, desde luego, de María García Zambrano, quien, en uno de los poemas capitales de este libro, «La alegría», sincretiza unas palabras evangélicas («es tiempo para cosechar») con ecos a la cultura popular (una película de Atom Egoyan) y, cómo no, con la disposición budista ante, como diría un hidalgo, la estambre de la vida: «Gracias / enigma páramo estremecimiento / hilo que sostiene el hálito / su voz la melodía». No, La hija no solo erige una turbadora aceptación del dolor. Estamos ante un libro (y a muchos nos parece mentira) de celebración («destino caricia celebración»); un libro jubiloso, pleno de gracia y agradecimiento y gratitud. El lector -doy fe- sale de él festejado con una insospechada y sincera reconciliación con la vida.


                                                                                                                       AlbertoChessa
                                                                                                                      Madrid, junio de 2015.

La hija en la revista Tarántula, por Rubén Romero y Andrea Aguirre

http://revistatarantula.com/bi-siones-1-la-hija-de-maria-garcia-zambrano/

Por Andrea Aguirre Rubén Romero Sánchez
El objetivo de estas bi-siones poéticas es ofrecer dos puntos de vista complementarios a partir de la lectura de un poemario que nos haya resultado especialmente digno de elogio.
LA-HIJA
La hija, de María García Zambrano
La hija, de María García Zambrano
El sastre de Apollinaire, 2015
77 páginas
Visión de Rubén Romero Sánchez
Dibuja este libro el mapa de una batalla. La carne y el dolor, su consecuencia, se contraponen a la lucha y la fortaleza que engendra la fe. La magia y lo místico, el conjuro (“que se aleje la parca de su cuerpo / limpísimo”) vencen cuando se vuelven telúricos, convertidos en humanos (“Matar al escorpión / (…) / enterrarlo es símbolo de victoria”) a través del lenguaje, que la poeta vitaliza luchando por la curación de LA HIJA (“Busco un lenguaje que se encarne / libere a este dolor de su jaula”).
Volver a la vida y, con ello, otorgar la salvación (“Y sueño que despiertas y me miras / y me ardes y nos curas”), porque el dolor se derrota y la madre regresa a casa con LA HIJA, y el mundo sigue siendo “un mundo que enloquece”. Pero en ella, nos cuenta la poeta, está la redención. “Todo impuro. / No su cuerpo y tu esperanza”.
Libro bellísimo y emotivo.
Visión de Andrea Aguirre
Leer La hija es experimentar el deseoel dolor, los daños colaterales y el amor de la maternidad a través del lenguaje puro, honesto, de María García Zambrano, es adentrase con ella en “la oscura consecuencia de ser hambre” es crear lo que fue anhelo y ahora es existencia “Para coser la muerte, su esqueleto / y quebrar la broma del destino”.
En estos poemas la mujer carga con la herencia grave de sus antecesoras (“Sale de la casa la mujer y viste / a todas las mujeres que la precedieron”) y recupera su protagonismo a través de la celebración lírica del lazo materno filial que trae la esperanza y la plenitud consigo, materializándose en el “amor sin condiciones”.
El recorrido no está exento de miedo (“¿quién desinfecta el miedo / abre esta piel, deletrea tu nombre?”) y de tristeza (“y toda esta tristeza que se vierte / en este chorro / blanco”) como partes esenciales de la vida, por la que el yo poético siente una fe profunda, y reflexiona sobre un proceso lleno de obstáculos (“Difícil / pero amas su luz / lo transparente”) que finalmente se concreta en una meta dichosa: “regreso por el corredor blanco con la hija intacta“. La hija se salva, La hija nos salva de la impureza.
LA EXISTENCIA
Hay una hija para este corazón:
ingrata lentitud de manos y costuras
para aquel daño, antiguo, con su herrumbre
mística aurora del otoño.
Hay una hija.

Para el ojo de la noche en la noche.
La fe que espanta tanto frío.
Un pecho abierto ¿sin vacilaciones?
Hay una hija.

Para la madre que fue madre
estirpe que sostiene el miedo
venas que recorre la esperanza.
Hay una hija.

Para coser la muerte, su esqueleto,
y quebrar la broma del destino.

martes, junio 30, 2015

Filla pródiga, de Ana Cibeira


La poeta Ana Cibeira habla de La hija en su blog. Moitas grazas.

http://anacibeira.blogspot.com.es/2015/06/a-galina-e-o-ovo.html

Filla pródiga



(...)
And national bestsellers about how to 
get pregnant

Ana Carrete 



(...)
Soy el asombro el miedo          el ahínco
el paso firme por baldosas que se mueven.
(Mis labios pueden amar la espina
besar los bordes afilados de la rosa).

Soy la madre asistida por la madre
y firmamos el armisticio con los bisturíes.
(Mi cuerpo se bate contra la patología).

Soy la escriba que registra el latido
de una vida encarnada en la magia.
(Las manos no se ahogan en un mar que anega
camillas y goteros).

Soy recipiente de un líquido inflamable.
La tierra el surco el árbol
la luz alógena de este amanecer.

(Hundo mis pies en lo real y te libero, hija mía,
de los falsos sabios).

María García Zambrano 

Pero eu, filla das miñas fillas, hei desmantelar a golpe de deslumbramentos esta aciaga militancia dunha yolanda emigrante de min. Eu, a soberana estéril, a por desgracia egoísta.

Yolanda Castaño 


Desesperadas como desesperadas á miña idade.
Natalia Manzano regresa do meu pasado e di que fagamos o que fagamos estamos vendidas nas verbas dos outros. 
Hai tantos modelos de familia como persoas, sempre di Alci.
Cando leo nai de dezasete anos penso en b. sempre penso en b. que naceu aos dezaseis anos da dúa nai. b. di que en realidade ela é a cabeza de familia, e que se criaron xuntas: nai adolescente e filla.
Ás veces Ana Carrete lémbrame a Lupe Gómez. Pero non sei se son as súas voces as que se asemellan, ou son eu que as leo como mai e filla que non se coñecen. Gústame esta idea da literatura como gran barriga chea de nais e de fillas. Isto é unha xenealoxía. 
Veño dunha conferencia onde a neta Ángela Ena Bordonada recupera á avoa (da nova muller do século XX) Ángeles Vicente. Abro o instagram e aparece un detalle dunha foto da nosa árbore xenealóxica... Pecho a maleta para mañá, que volto á casa, e atopo un libro a carón dela. Un libro aínda empaquetado: La hija de María García Zambrano. Sorrio. Leo a adicatoria que fala de dor. Leo algún poemas con ansia. Unha filla enferma. Unha neonata branca. Dor pura e inmensa esperanza. 

Todo, incluso eu, cambia e regresa.

miércoles, junio 24, 2015

La habitación de tránsito, de La hija

LA HABITACIÓN DE TRÁNSITO


Las motitas de polvo que flotan en la luz saben que el cuerpo no está para la despedida. La puerta se cierra a la metáfora de la muerte. La madre no acompañará al cortejo de batas y endoscopios y fauces que mastiquen lo que queda.     Atardece y un haz te atraviesa como un ser que hubiera venido a despertarte, a poner una bomba al otro lado de este cuarto.